Una imagen vale más que mil palabras. Fuente: AS.com

Podría escribir una crónica acerca del partido de ayer, pero los sevillistas necesitan saber mucho más allá que la narración de los hechos más importantes de una de las mayores decepciones de su historia reciente. Necesitan saber los porqués, y he aquí la visión de un servidor.La eliminación del Sevilla FC ha caído como un jarrón con agua congelada a todos los sevillistas. Nadie se esperaba una derrota como la sufrida ayer en Leicester, y más teniendo en cuenta de la trayectoria general de ambos conjuntos. Un Leicester City que a duras penas se está manteniendo en la Premier League que ganó hace tan sólo un año, frente a un Sevilla FC que está haciendo historia en el presente Campeonato Nacional de Liga.

Podemos buscar culpables: Que si el Sevilla puede permitirse fallar dos penaltis en una ronda Champions, que si Nasri se autoexpulsó en pleno asedio nervionense, que si no se defendió bien a Morgan y a Albrighton, que si se perdonó en la ida, que si se centró más de lo que se debería haber chutado a puerta, que si Sampaoli hizo mal los cambios, que si Schmeichel se reencarnó en la leyenda de su padre… Y tienen razón, pero en parte.

Si individualizamos el problema encontraremos estos numerosos factores y muchos más, pero se antojan insuficientes para justificar una derrota de semejantes proporciones. No puede ser que dos trayectorias tan dispares en una temporada, dos equipos con tal diferencia de calidad y de rendimiento, cuando se enfrenten se conviertan en la noche y el día y de sí mismos. Eso es en la teoría, porque en la práctica uno de ellos entendió mucho mejor que el otro el cómo se compite en la Champions League: El Leicester City.

Tal vez sea porque le pusieron más empeño a la eliminatoria, o tal vez sea porque recuperaron la esencia del equipo que levantó una Premier League, los foxes entendieron a las maravillas cómo competir en el máximo torneo continental: Minimizando sus fallos y masacrando los errores del rival. Y así fue.

No practicaron un mejor fútbol, ni tuvieron más posesión y ni tampoco crearon más ocasiones que el Sevilla, pero las que tuvieron las metieron. ¿Necesitamos 3 goles para ganar? Los metemos. ¿Tenemos que correr y luchar por cada balón como si se nos fuera la vida en ello? Lo hacemos. Así de fácil y así de crudo para los sevillistas.

El Leicester tuvo el espíritu que le hizo campeón de la Premier, el mismo que hizo que el Sevilla ganara tres Europa League consecutivas. Y ayer los de Sampaoli lo perdieron. No fue porque ellos lo quisieron, sino por una razón mucho más compleja y que viene desde arriba: faltó la unidad del sevillismo que lleva en volandas al equipo.

El ambiente de la ciudad es muy diferente a hace tan solo un año. La afición se ha acostumbrado demasiado rápido a que el Sevilla se codee contra los Grandes en Europa. Por ende, ha aumentado muchísimo la exigencia de una afición que quiere que su equipo tenga la obligación de ganar siempre, pero hay algo más. Y es que la división de la afición entre los Pro-Biris y los Pro-Castro está dañando una de las mejores temporadas de nuestra historia.

Urge unir a la afición de nuevo. Urge que la Bombonera de Nervión vuelva a ser la caldera que siempre ha sido, porque el Sevilla necesita que el espíritu del “Dicen que nunca se rinde” vuelva a reinar en Nervión. Porque el sentimiento de pertenencia del club de la ciudad que prestó su nombre es tan poderoso que Europa le ha temido. Ya no, y eso es lo más preocupante de todo, más allá de las posibles entradas y salidas que tendrá la disciplina nervionense durante el próximo mercado estival.

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