El prematuro fallecimiento de Juan Joya nos invita reflexionar acerca de la condición trágica de muchos fenómenos televisivos

El pasado miércoles se apagó la vida de una de las criaturas más peculiares que el ya no tan joven legado televisivo nos dejó. Su nombre, Juan Joya, poco dirá a quienes lo conocieron de la mano de Jesús Quintero. El conocido entrevistador lo dio a conocer bajo el sobrenombre que le acompañaría de por vida: El Risitas. La historia de aquel tipo de dentadura intermitente e inolvidable risa encaja a la de la perfección con la de tantos juguetes rotos que, presas de lo sobrenatural de su condición, fueron pasto de una televisión impía que los redujo a payasos sin sentimientos.

Un animal televisivo

Tras su paso por televisión, la vida de Risitas no volvió a ser la misma. El fenómeno sevillano se jactaba de ser recibido con cariño y celebración en cada esquina, de no tener que soltar una peseta en cada bar en el que paraba. No obstante, no era difícil ver cómo, a la manera de quien le echa monedas a un autómata esperando una programada coreografía, su risa, lejos de su espontaneidad primitiva, se convertía en una mueca ensayada y carente de autenticidad. Lo mismo ocurría con su archifamosa coletilla, cuñaaaaaaaaaooo. Desganadamente la repetía de plató en plató, de barra en barra, aún ya pasada la muerte de Peíto, su cuñao, su partenaire televisivo.

La caída del mito

Poco quedaba de El Risitas en el Juan Joya de los últimos años. Uno parecía adivinar que el fenómeno había tomado conciencia de su condición y se había apagado conforme su presencia mediática se había ido reduciendo. A la manera de una versión hipermetamorfoseada de la Norma Desmond de Billy Wilder, el viejo ídolo de las noches del Loco de la colina, envejeció en la sombra con intervenciones puntuales como invitado en programas de zapping y algunas apariciones en su canal de YouTube donde agradecía donaciones a foros en los que simpatizantes de la extrema derecha francesa lo tomaban, vaya a saberse por qué, como icono.

El último de los grandes reveses del hombre pasto de los violentos engranajes de la máquina televisiva sucedió hace pocos meses. La gravísima diabetes que padecía provocó la amputación de una de sus piernas. La estampa no podía ser más representativa del ascenso y caída de uno de los mitos que, a pesar de lo trágico de su condición, dejó instantes memorables bajo la firma del alter ego del que nunca supo separarse. El que terminó por devorarle, al que todos tiernamente amamos. Porque aunque Juan Joya muera a manos de su particular Mr. Hyde, a todos los que reímos con sus desvaríos no nos queda más que doblegarnos una vez más ante la legendaria figura de El Risitas: una rara avis que la memoria colectiva hará eterna con sus chistes, anécdotas y coletillas. Con su risa, ya nuestra.

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